Historias del Mundial desde... Brasil

La 'Copa do Mundo', una obsesión

Brasil, un país con grandes diferencias sociales, donde se vive el Mundial como en ningún otro lugar.

08/02/2010 02:12 | Donbalon.com | Sudáfrica 2010

Kaká, el líder de Brasil.

La ‘Copa do Mundo' hipnotiza Brasil. Durante un mes, 193 millones de torcedores vivirán, transpirarán, dormirán y soñarán pendientes del balón y de su seleçao. Es un ritual que existía en la época de Pelé y también ahora que un cascarrabias gaucho dirige a un equipo falto de ídolos. El Mundial es un acontecimiento sociológico que supera interpretaciones deportivas, y que hasta incide en el PIB.

Visualmente es una gran fiesta, donde los brasileños, con su desparpajo genético, exteriorizan su optimismo vital. Es el auténtico Carnaval que moviliza una nación. Las calles se tiñen de verde y amarillo. En los semáforos, vendedores ambulantes hacen su agosto con banderas, camisetas, bocinas. Las calzadas son lienzos improvisados, donde se reproducen los iconos de los ídolos. Los cracks se hacen omnipresente, en las vallas publicitarias, en la televisión, en las góndolas del supermercado. El Mundial es un dinamizador económico, una inyección de capital para el mercado publicitario, para el sector textil y el comercio.

Cuando la amarelinha entra en campo, el país se paraliza: de Amazonia a la Sierra Gaucha, del Pantanal a Copacabana. El televisor es el epicentro del mundo. Poco importa que sea de madrugada o en plena jornada laboral como sucederá en Sudáfrica. Las calles quedan desiertas, los bares se llenan y los atascos se posponen o se anticipan por unas horas.

Es el milagro del fútbol. Brasil es una nación multiétnica agrietada por los efectos de la pésima distribución de renta que deja a 52 millones de excluidos amontonados en las favelas. El prejuicio, más económico que racial, se ha apoderado de una sociedad clasista todavía con mentalidad postcolonial. El Mundial es un ejercicio de inclusión social por la vía rápida, mucho más efectivo que cualquier programa del ‘Fome Zero' (Hambre Cero), la niña de los ojos del gobierno Lula. La seleçao escenifica el orgullo de ser brasileño, de sentirse copartícipe de un bien global.

La 'Seleçao', patrimonio del pueblo

La Canarinha es un ejército de salvación. Su obligación es ganar, para traer alegría a millones de olvidados. Es una misión mesiánica, con fines analgésico-sociales. El fútbol es el motor de la esperanza. Por eso, Brasil ha apostado sus cartas en el Mundial 2014 y en los JJOO Río 2016 como elemento de transformación social y económica. La derrota, y sobre todo la falta de compromiso y entrega, se convierte en una traición a la patria, al pueblo. Quien gana un Mundial es inmortalizado, pero quien falla es condenado. Esto explicaría por qué Ronaldo o R. Carlos no se volvieron enfundar la verdeamarela desde 2006, o que la CBF,  a petición de la masa, indicara a un sargento de hierro, como Dunga, para limpiar de vicios el vestuario. Sólo se obtiene la absolución con la estética, como con Telé Santana en 82 y 86, o remediándolo en el próximo Mundial, como la fatídica Generación del 90.

Los 23 convocados son una tropa de élite. Ir a una Copa, aunque sea como tercer portero, o como el último de los reservas ya es en sí un honor reservado a unos elegidos. El debate premundial es intensísimo. La opinión pública participa y se posiciona alimentando polémicas y menguando la resistencia y personalidad del seleccionador. En los momentos de debilidad ante un hipotético fracaso, el sentimentalismo se apodera del país, que reclama la presencia de viejas glorias. En 2002 Scolari llegó desgastado tras dejar a Romario fuera.Este año a Dunga asombran los ‘Ronaldos'.

Brasil acude con optimismo a Sudáfrica, respaldado por la autoestima de sus cinco estrellas en el pecho. La primera de ellas, conquistada en 1958, acabó de un plumazo con tres décadas de complejos de inferioridad, ahondados por el trauma del ‘Maracanazo'. Esta frustración llegó incluso a tener tintes racistas. Hasta la aparición de Pelé, se daba como cierto que los jugadores negros no tenían estructura psicológica para afrontar un Mundial. Si de presión se trata, los brasileños son, décadas después, unos auténticos ases.

Resignados al resultadismo
Esta 'Seleçao' tiene el respaldo del pueblo. La Copa América 2007, la Copa Confederaciones 2009 y el primer lugar en las eliminatorias sudamericanas han ayudado al país a digerir a Dunga, un técnico abucheado en tres templos: Maracaná, Morumbí y Mineirao. Una encuesta del instituto Datafolha indicaba en enero que un 73% de la torcida estaba convencida que el ‘Hexa' llegará. Dunga tenía un 64% de aprobación, un porcentaje mejor que el de Parreira en 2006, - que era del 62% - y netamente superior al de Scolari en 2002, que era apenas del 37%.

La historia indica que Brasil es más favorito cuando el Mundial es lejos de Europa, conquistando cuatro de sus cinco títulos. También la tradición dice que si la seleçao sale desacreditada de Brasil aumenta exponencialmente sus posibilidades de éxito, como ocurrió en 1994 o en 2002. La unamidad es mala compañera de viaje como en 82, 98 y 2006. Sin embargo, la torcida va con el freno de mano puesto. La seleçao de Dunga no se ha caracterizado por su plasticidad y belleza. Abrazados al resultadismo y a los conceptos básicos del 4-4-2, la canarinha no entusiasma pero gana. En cuatro años no ha perdido contra ningún grande, pero a la amarelinha le falta algo. El glamour de sus cracks. Futbolísticamente, Brasil es lo que es por saber capitalizarse con sus astros. Ahora, sólo Kaká tiene la vitola de fuera de serie. El madridista, aunque es querido por todos, no se encuadra exactamente en el patrón de la escuela tradicional brasileña. La torcida está huérfana de un Rivaldo, un Ronaldinho, un Ronaldo, un Romario. Genios que con un plumazo de improvisación ridiculizan cualquier pizarra de técnico. Brasil se pregunta si la exportación de promesas y el mercantilismo han secado la fuente donde emanan sus artistas. Hay coincidencia en señalar que se atraviesa un período de barbecho. A falta de brillo y primor, lo único que cuenta es llevarse el ‘Hexa' para casa, como sea. Incluso abdicando de la magia, el ‘futebol arte' y el ‘jogo bonito'.



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